Liderar es perfeccionarse: Del rendimiento técnico a la formación del carácter

La producción de objetos nunca es meramente productiva: al transformar el mundo, el hombre se transforma también a sí mismo.

Por Juan Alonso Sardá
Jefe del Centro de Liderazgo para el Desarrollo

Una de las distinciones más finas (y, sin embargo, más olvidadas) de la tradición ética clásica es la que separa lo factible (factibile, poietón) de lo agible (agibile, praktón). No se trata de una mera sutileza terminológica, sino de una distinción estructural que delimita dos modos radicalmente diversos del obrar humano y, con ello, dos maneras de comprender la racionalidad práctica. Cuando esta diferencia se borra, la acción moral queda reducida a técnica y la vida ética se empobrece hasta confundirse con gestión eficiente de resultados.

Como explicó Aristóteles en la Ética a Nicómaco, el ámbito de lo factible corresponde a la poiesis: la producción de un objeto cuyo fin se sitúa fuera de la acción misma. Redactar un informe, hacer un presupuesto o diseñar una malla curricular son actividades cuyo valor se mide por el producto terminado. La racionalidad que las rige es la de la téchne, saber hacer orientado a la eficacia. En este nivel, el obrar es transitivo: pasa a la materia exterior y se consuma en ella. El agente no se perfecciona formalmente en cuanto productor, pues el término propio de la operación es la obra realizada; lo que se perfecciona de modo directo es la cosa producida.

Con todo, esta caracterización debe entenderse en sentido estrictamente formal. Desde una perspectiva antropológica más radical, ninguna acción humana es puramente exterior ni neutral respecto del sujeto que actúa. En la medida en que toda operación procede de potencias perfectibles (razón y voluntad), el obrar deja en el agente disposiciones estables o más precisamente perfecciones que lo configuran interiormente. Así, incluso la actividad técnica, aunque tenga un fin extrínseco, redunda indirectamente sobre el carácter mediante la generación de hábitos y virtudes, perfeccionándolo o deteriorándolo según el modo de su ejercicio. La producción de objetos nunca es meramente productiva: al transformar el mundo, el hombre se transforma también a sí mismo.

Aquí la tradición clásica se amplía. Tomás de Aquino, al distinguir entre factibilia y agibilia, subrayó que el objeto propio de la prudencia es la recta ratio agibilium, es decir, la rectitud del obrar humano y no la fabricación de cosas. Y en tiempos más recientes, Leonardo Polo ha profundizado esta idea al describir al hombre como un perfeccionador perfectible: un ser que mejora la realidad, pero que, al hacerlo, se mejora simultáneamente a sí mismo. La acción humana no solo modifica el mundo; constituye también un proceso de perfeccionamiento interno.

Muy distinto es, por ello, el orden de lo agible. Aquí nos movemos en el terreno de la praxis, cuyo fin no es exterior, sino inmanente al acto mismo. Obrar con justicia, decir la verdad o actuar con fortaleza no “producen” algo separable del agente, sino que perfeccionan al sujeto que actúa. El término de la acción es el propio agente en cuanto mejorado. Mientras lo factible se evalúa por criterios técnicos (eficiencia, utilidad, funcionalidad), lo agible se juzga por criterios morales (rectitud, bondad, perfección del sujeto).

Confundir ambos planos conduce inevitablemente a una tecnificación de la ética. Entonces la acción humana se interpreta bajo el paradigma productivo: se habla de “optimizar conductas”, “gestionar emociones” o “maximizar rendimientos”, como si la vida moral fuese un problema de ingeniería. Pero la virtud no es un procedimiento ni el carácter un artefacto.

La razón de fondo es antropológica. Como han recordado tanto la ética aristotélico-tomista como autores contemporáneos como Juan Fernando Sellés, toda acción agible tiene un efecto reflexivo: el agente se modifica a sí mismo. Cada acción deja disposiciones estables, configura hábitos, inclina las potencias en una dirección determinada. En términos clásicos, el obrar no solo produce efectos, sino que genera cualidades. Por eso los hábitos y las virtudes no son meros patrones de comportamiento, sino perfecciones intrínsecas de la razón y la voluntad. La repetición de actos buenos no suma simplemente resultados; perfecciona la naturaleza humana.

Desde esta perspectiva, incluso las acciones más técnicas, aparentemente adscritas al orden de lo factible, poseen una inevitable resonancia agible. Aunque el fin inmediato sea exterior, el modo de ejecutarlas (con diligencia o negligencia, con honestidad o fraude, con cuidado o desidia) repercute en la configuración interior del agente. Ninguna acción humana es moralmente neutra, porque siempre consolida o deteriora hábitos. La producción nunca es puramente productiva, siempre es también formativa.

Olvidar esta verdad tiene consecuencias culturales profundas. Una sociedad que absolutiza lo factible termina valorando exclusivamente los resultados medibles y descuidando la calidad moral de quienes los producen. Se forman técnicos competentes, pero no necesariamente seres humanos buenos. Sin embargo, desde el punto de vista ético, la jerarquía debería invertirse: el éxito externo es secundario respecto del perfeccionamiento interno. La obra puede perderse; el carácter permanece.

De ahí que esta distinción resulte especialmente relevante para el liderazgo. Liderar no es sólo gestionar recursos ni alcanzar objetivos, sino formar el propio carácter y el de quienes nos rodean. El verdadero liderazgo no consiste primariamente en producir resultados, sino en generar hábitos de templanza, fortaleza, justicia y prudencia. En último término, dirigir implica dirigirse a uno mismo.

Recuperar la diferencia entre lo factible y lo agible no implica desestimar la técnica, sino reconocer sus límites. La racionalidad instrumental es necesaria, pero no agota la racionalidad práctica. El núcleo de la vida moral no consiste en fabricar cosas mejores, sino en llegar a ser mejores. Y esa perfección )silenciosa, estable, interior) es precisamente lo que la tradición llamó virtud.